viernes, 15 de marzo de 2019

Hellín. Carnaval


No era una mesa en realidad. Mi padre estaba colocando la puerta de la habitación del abuelo sobre la mesa camilla, la abuela acababa de retirar el barreño con la masa tapada que ya llevaba un buen rato al lado del brasero. En esta especie de ritual perfectamente coordinado de tan conocido, mi madre sacaba del altillo de la despensa la sartén grande negra mientras por la radio hablaban de Venecia. Ese, el de Venecia, era el carnaval. En aquel tiempo de chicles a peseta y Ángelus diario, jamás se nos pasó por la cabeza la idea de disfrazarnos. Para nosotras, dóciles corderitas de la muy católica doña Mercedes, esos días eran la víspera de miércoles de Ceniza. Una anhelada víspera de chocolate en las comisuras y fuentes de paparajotas. Con los dedos pringados de azúcar y aceite, y los mofletes colorados, parecíamos bulliciosas abejitas uniformadas riendo alrededor de la mesa. Aunque no era una mesa, en realidad.