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miércoles, 26 de junio de 2019

Hellín-Mayo


PLEITA
Era mayo, mes de mayo, y las amapolas y las genistas se disputaban los ribazos de las acequias. El sol picaba y era una evidencia resignada que por la tarde habría tormenta. Y, efectivamente, en la mesa de afuera, sobre el mantel de cuadros, sobre la magra con tomate y los botes de aguamiel. Sobre los albaricoques verdes del albaricoquero que estaba junto a la balsa. Incluso sobre las ramas más altas del sauce llorón que plantó el abuelo Gonzalo, el cielo se hizo mármol y hubo que recoger a toda prisa. Luego fue lo del rayo, el crujido como de huesos rotos y las ramas cayendo una tras otra en una secuencia casi detenida, mientras una lluvia inconsolable embarraba el suelo y formaba charcos sobre los que quedaron flotando durante días, huérfanas de savia, las hojas glabras y glaucas del sauce. Del sauce llorón que plantó el abuelo Gonzalo y a cuya sombra tanto esparto tejió.



lunes, 4 de febrero de 2019

Hellín. Navidad


Quizás diez, once como mucho. Aunque muy alta para mi edad, guardaba celosamente una infancia perezosa y mi padre iba a llevarme a ver la cabalgata. ¿Cómo que este año no iba a haber? No, eso no podía ser. Y bajamos la Cuesta de los Caños, y nos acercamos a la plaza del Caudillo, y no, no parecía que hubiera indicio alguno de desfile. Alguien del ayuntamiento debió compadecerse y abrieron el arca de los trajes reales e improvisaron tres voluntarios. Sin la más mínima solemnidad, Gaspar, Melchor y un Baltasar que parecía conocer muy bien a mi padre (“¡Hombre, Paco!”), se abrieron paso, a pie y sin fanfarrias, entre los minúsculos grupos de adultos indignados que llevaban de la mano a niños boquiabiertos de estupor. Sus majestades rodearon  la plaza y regresaron al ayuntamiento por la pequeña puerta lateral de la biblioteca. Volvimos a casa en silencio o, tal vez, mi padre hablaba sin parar. Yo sabía que, al llegar, sobre la colcha de Heidi de mi cama tendría los regalos de los Reyes Magos y, conforme subía la cuesta, sentía una tristeza profunda. Oscura, como el betún de la cara de Baltasar.


Microrrelato ganador del mes de Enero 2019 del certamen convocado por el Excmo. Ayto. de Hellin

miércoles, 14 de marzo de 2018

La hija del verdugo enfermo


Al final supe que iba a acabar perdiendo la cabeza por ella.




No sé si volverán



Cuando el Flautista encontró a Mambrú, Hamelin quedaba ya lejos. El uno reparó en la flauta rabiosamente roída del otro y este no pudo por menos que fijarse en los maltrechos vendajes, aún húmedos de grana y oro, del joven soldado. Caminaron en silencio, les sobraban el tiempo y la decepción. La noche quiso ser meticulosa; el primer beso les dolió tan intensamente que recuperaron la vida.  Como diminutos rubíes, cientos de pares de ojos acechaban entre los helechos.






viernes, 14 de julio de 2017

Floridablanca

Partí un trocito de pan y eché las migas por el jardín. Comed hijos, dije en voz baja. Y avanzaron hacia mí los mirlos con sus saltitos inquietos. Algunos verdecillos (pecho amarillo) se unían al festín interrumpiendo su cortejo y dejando un tanto aturdida a la novia. Comed, hijitos. Claro que no eran mis hijos, ellos andaban lejos  ocupados en sus cosas de hijos, por eso yo me bajaba al jardín en esas horas de más que ahora les brotaban  a los días. Era mi lugar preferido.  La primera vez que llegué a Murcia fue para comprar mi vestido de comunión. El  renqueante autobús de Alcantarilla nos dejó allí y las balconadas de la plaza Camachos fueron mi primera instantánea. El Jardín de Floridablanca es Murcia  y si el pino canario hablara lo haría dejando los plurales abiertos. Comed, comed, que casi no  queda. Araceli pensó que ya era hora de llevar dentro a la señora Salud, pero, al igual que todas las tardes, la celadora dejó deslizar unos minutos más en el escueto porche de la residencia, viendo a la anciana feliz, con su inseparable bolsa  sobre el regazo, perdida en los últimos jardines de su memoria.



Este microrrelato forma parte de los seleccionados en el Certamen de Microrrelatos Jardín de Floridablanca organizado por el festival Al Sur del Barrio del Carmen y el proyecto I+D+i de la Universidad de Murcia "Espacio Público y Tejido Social. Prácticas colaborativas y arte contemporáneo en tiempos de crisis económica" 
(Nota: Las dos primeras frases son de la escritora Cristina Morano)

domingo, 11 de septiembre de 2016

La muerte de Antón Félix, nonagenario

Antón Félix pasó sus últimos tres días tumbado en la cama del hospital comarcal. Fulminado por un ictus en uno de sus paseos matutinos, Antón perdió la conciencia del ser casi en su totalidad. Percibía rumores, levísimos contactos. Y temblaba tal que, entre las sábanas blancas arrugadas, más parecía un pajarico abandonado en el nido. En esos tres días la piel se le adhirió al esqueleto y sólo un eco sordo como de motor ahogado lo hacía en el mundo de los vivos. A las 15.30 horas de la tarde del tercer día abrió la boca y se dejó ir.


miércoles, 13 de enero de 2016

El ancla


Como todos los jueves, pasaría su hija a recogerla para  llevarla al eminente doctor Osvaldo Ruiz que con tanta inteligencia le estaba tratando  la úlcera de la pierna. Cuando en el coche y durante el protocolo de preguntas rutinarias tocaba saber si el sábado vendrían los nietos a comer, ya estaban dando la segunda vuelta de campana. Y quizás fue  por la bandada de estorninos que cruzaba el cielo, quizás no, lo cierto es que Dolores recordó que no había echado pienso a las gallinas. Hay deberes que nos anclan a la vida. Cuando, al cabo de cincuenta y cuatro días en coma, abrió los ojos, desconcertada,  sólo pudo balbucear “las lluecas, las lluecas”.


AGOSTO


Para cuando la niña Águeda tocaba la aldaba de nuestra puerta el cielo ya era una lápida de mármol blanco. La abuela nos sentaba a todos alrededor de la mesa camilla para que los pies tocaran madera, desenchufaba el conmutador de corriente, cerraba ventanas y contraventanas, esparcía sal y nos daba el pie para el Santa Bárbara bendita. Pero Águeda, la niña, salía al patio como se sale a un deber antiguo y agachada junto al sumidor retiraba  la reja y apartaba con mimo las piedras más grandes para que no se obstruyera. Eso fue antes de la granizada del setenta y tres. La niña Águeda llevaba un vestido de lino blanco de tirantes ribeteado con doble vainica y nunca volvió del patio. La niña Águeda bendita.


sábado, 26 de septiembre de 2015

Adrián y el amor


A Adrián el amor le sobreviene como un herpes, debajo de la axila derecha y con ramificaciones hacia el pulmón. La primera vez el picor  comenzó cuando Juan le presentó a su primo en el Saltamontes y fue un prurito vertiginoso al agarrar juntos la barra protectora del vagón. La infección irreversible sería años más tarde y, aunque ocurriera en el aseo de caballeros de la biblioteca municipal,  Adrián  percibió entre el vértigo un lejano aroma  a algodón de azúcar.






Ganador I Concurso Internacional de Microcuentos "Cosas Pequeñas" de Mundo Editorial



Alfonso


Alfonso no quería funerales ni una agonía de seguridad social; tras una vida generalmente honesta y sin deudas a sus espaldas decidió, simplemente, desaparecer. Por eso pasaba cada vez más tiempo bajo la higuera que había junto al pilón del prado donde solía sestear, para que en la aldea se acostumbraran a suponerlo siempre allí y no lo echaran en falta. Después comenzó a beber veintidós litros y medio de agua al día  que, según tenía leído, era la cantidad justa para que la sangre (y por consiguiente las carnes) se hiciera trasparente. Cuando las raíces de la higuera se le enredaron y atravesaron los pies Alfonso apenas pudo esgrimir una sonrisa de orgullo al sentir cumplida la tercera y última parte de su plan. El resto es savia bruta.



martes, 23 de junio de 2015

retomando un viejo principio



Cuando los jueves decidieron convertirse en martes, a las hojas caídas de los chopos del paseo les cogió una buena tiritona y los tontos de mi pueblo estuvieron andando así, como de ánimas, colocando y descolocando las sillas de Agustín.  Fue un chirriar continuo y un temblor imperceptible se adueñó de todos nosotros. Taponamos los oídos y olvidamos las voces. Las mujeres parían en silencio niños mudos. Tres veranos duró la desaparecida hasta que una tormenta de agosto conminó los hados del fin del mundo y un trueno ensordecedor consiguió atravesar adobes, ladrillos y ceras. El miedo nos sacó a la calle, los tontos jugaban con las cartas mojadas y Eli tocaba su corneta invisible. A veces tres años son un día de lluvia y barro.