martes, 23 de junio de 2015

retomando un viejo principio



Cuando los jueves decidieron convertirse en martes, a las hojas caídas de los chopos del paseo les cogió una buena tiritona y los tontos de mi pueblo estuvieron andando así, como de ánimas, colocando y descolocando las sillas de Agustín.  Fue un chirriar continuo y un temblor imperceptible se adueñó de todos nosotros. Taponamos los oídos y olvidamos las voces. Las mujeres parían en silencio niños mudos. Tres veranos duró la desaparecida hasta que una tormenta de agosto conminó los hados del fin del mundo y un trueno ensordecedor consiguió atravesar adobes, ladrillos y ceras. El miedo nos sacó a la calle, los tontos jugaban con las cartas mojadas y Eli tocaba su corneta invisible. A veces tres años son un día de lluvia y barro.



martes, 24 de marzo de 2015

Tras los años


El tiempo crece marchito
pese al repiqueteo de las primaveras
contra los cristales.
Lejos ya tu cuerpo del columpio vacío,
le salió tristeza a la huerta y al membrillo.
Nuestros días son las tareas
y el oficio de estar vivos.        


(poema de EL DOLOR DE LA IGUANA, elegía 3.0)


                     

lunes, 9 de marzo de 2015

La circunferencia


Teresita Guillén
tiene
un papá poeta,
un piano de seis notas
y unos versos de Federico.

En la tarde vallisoletana
Mademoiselle Teresita
toca su teclado en francés.
Para, niña, tus manos.
Para y escucha ese llanto.
Desvalidos y ancianos
lloran y lloran dos lagartos.
Han perdido su anillo, Teresita, 
Que era su anillito de bodas,
ay, que era su anillito plomado.


Perdido en un fractal


A la tarde
el colegio era una digestión lenta.
Languidecía el sol por la ventana
mientras el calor del serrín quemado
nos coloreaba los mofletes
y se acomodaba sobre los párpados.
Siempre quedaba en el cuaderno
alguna multiplicación espesa.
Doce mil cuatrocientos siete
por quinientos veinteitrés.
Inevitablemente, las dos
del siete por tres veintiuno
me las llevaba lejos, lejos,
y, a falta de musarañas, 
me quedaba colgado en una ilustración 
de láminas escolares santillana
donde un niño dibujaba en la pizarra
a un niño dibujando en la pizarra
otro niño que dibujaba en la pizarra
a lo que ya no se distinguía
pero yo sabía que con certeza 
(y un microscopio) sería
otro niño que...
Mi camino hacia el infinito
era truncado por el silbido y posterior restallar 
de la regla de don Matías
cayendo contra la mesa.
Regrese Jiménez, regrese.




martes, 24 de febrero de 2015

dedicado a mis compañeras de infancia

Contra la reja de nudo del balcón
de la casa frente al colegio
chirría el fósforo del cartel plastificado.
Se vende.
El ocre desconchado de la pared
se difumina
derrotado.
Se vende.
Como un latigazo en la memoria
una falla angosta
cruza la doble puerta de madera
-otrora bullicioso hervidero de niñas de uniforme-
y, junto a la impertérrita ausencia del viejo Marcos,
un agujero negro
se traga los chicles cheiw,
los chicles niña,
los polos de palo
y los fresones de gominola.
Cuando una peseta
era el precio de la felicidad
no había bazares chinos
ni letreros amarillos insultando la fachada.
Ni dolor en la retrospectiva.
Todo, entonces,
era presente.



martes, 10 de febrero de 2015

del poemario El día más feliz de tu vida

Entre la feria y el frío
a los siete años 
Octubre se desliza sutil
como un silencio afortunado.



domingo, 1 de febrero de 2015

Sáfrade la tejedora

Sáfrade,  sirena mimada del Egeo,
anda perdida como entre nostalgias de visillos
y ya no teje cestas de alga verde
a las amazonas de Éfeso
ni trenza anémonas rojas
para amortajar a los naúfragos de amor.
Alguna lágrima de su tristería deja hilos de plata salada
y entonces cose cenefas de encaje para las olas de Viernes Santo.
Desde su trono de magma frío mira hacia lo alto
(un suspiro se le escapa
a lomos de un hipocampo).

Ay, déjate la pena Sáfrade
que en la tierra hay un gallo
de cinco plumas
cada pluma de oro y plata, la crestita de rubíes
pero en el espolón una navaja, tan fina y afilada
que corta el recuerdo a quien la mirara.

Yo no temo al gallo, teje Sáfrade
su red de hilo de llanto.

Ay, Sáfrade
que en la tierra hay un toro negro
con siete cuernos,
los  cuernos son  de un fuego que quema el alma;
el rabo es de espuelas, espuelas de plata
que dibujan la muerte por donde pasan.

Yo no temo al toro , hila Sáfrade
en su huso de coral el hilo salado.

Ay, Sáfrade princesa de espuma y nada,
que en la tierra hay una guerra y un niño llorando
(la madre roba cebolla para amamantarlo).

Yo no le temo a la guerra,  teje Sáfrade
y una  aguja de lágrima le pincha la mano.

Sáfrade deja el huso, la red
y el llanto.
Yo sólo quiero, padre,
un almendro blanco.
Quiero una abeja libando en la flor,
la flor de papel,
de papel  sus cinco pétalos
y el tronco fuerte, oscuro y sabio.
Quiero ver nacer  la belleza
y huir  el tiempo humillado.
Y  yo a la sombra del almendro, padre,
del  almendro blanco.

Ay, Sáfrade, niña de los ojos glaucos,
teje tu sueño imposible en hilo de olvido pálido
que  el Mar que todo lo puede no puede tanto.