sábado, 27 de abril de 2019

Hellín. Cuaresma


Imagino que por las mañanas iría aún algo adormecida porque sólo tengo recuerdos vespertinos. A las tres menos cuarto (habría de pasar mucho tiempo para que fueran las catorce cuarenta y cinco), yo bajaba los escalones encalados de mi peana y me dejaba llevar por la cuesta abajo hacia el colegio distraída en la inercia lacónica de las fachadas cotidianas. Pero, pasado miércoles de ceniza, había en las calles ese bullicio invisible de pueblo resucitado, de casa que abre de par en par puertas y ventanas y sacude las esteras para recibir a sus invitados. Todo en el aire era presagio. Y casi a la altura de la nueva estatua, monumento a los tamborileros, se me ofrecía, como en una postal en technicolor, la impronta del Jardín. Nunca era el cielo tan azul, ni se cimbreaban las palmeras con esa cadencia. Se me metía la belleza en la barriga y llegaba a mi fila con una sonrisa tibia entre los labios. Yo entonces no lo sabía, pero ya era poeta.