lunes, 22 de julio de 2019

Descubrimientos y descubridorres


A esa otra que también eres
dices que la descubrí yo.
Magallanes, dices.
Tú ya eras océano,
yo sólo te acompañé por el estrecho
y vimos juntos cómo te crecías de agua, espuma y sal.
Tú, que ya eres todos los océanos.



Del poemario "Palabras inventadas. Todo lo que me habría gustado escuchar y tú nunca me dijiste"

Todo lo que me habría gustado escuchar y tú nunca me dijiste


Se me acabó la desorientación
(¿dónde diablos habíamos quedado?)
y descubrí un brillo de recuerdo de verano
enfocando tu presencia y difuminando el resto del mundo.
Apoyada en el contenedor de aceite,
naranja y óxido,
tu sonrisa y tus hombros
deshacían, una a una, todas las dudas. Y los miedos.
Yo debería haber recibido la intensidad de tu abrazo
con una mano firme sobre tu espalda,
reteniéndote.
Y la otra en tu nuca
explorando el origen de ese universo tuyo.
Lo sé.
Y cinco minutos habrían bastado
para construirme una trinchera en tu mirada.
Y saberme herido, pero a salvo.

Tuve que irme
y quedó un hueco sordo  y hermético.
Tú estabas al otro lado del cristal
donde la luz y la vida.
Y yo me iba al trayecto incierto de la calima
con tu nombre intacto
y el deseo de tocarte doliéndome desde el silencio.



Del poemario "Palabras inventadas. Todo lo que me habría gustado escuchar y tú nunca me dijiste"


miércoles, 26 de junio de 2019

Hellín-Mayo


PLEITA
Era mayo, mes de mayo, y las amapolas y las genistas se disputaban los ribazos de las acequias. El sol picaba y era una evidencia resignada que por la tarde habría tormenta. Y, efectivamente, en la mesa de afuera, sobre el mantel de cuadros, sobre la magra con tomate y los botes de aguamiel. Sobre los albaricoques verdes del albaricoquero que estaba junto a la balsa. Incluso sobre las ramas más altas del sauce llorón que plantó el abuelo Gonzalo, el cielo se hizo mármol y hubo que recoger a toda prisa. Luego fue lo del rayo, el crujido como de huesos rotos y las ramas cayendo una tras otra en una secuencia casi detenida, mientras una lluvia inconsolable embarraba el suelo y formaba charcos sobre los que quedaron flotando durante días, huérfanas de savia, las hojas glabras y glaucas del sauce. Del sauce llorón que plantó el abuelo Gonzalo y a cuya sombra tanto esparto tejió.



sábado, 27 de abril de 2019

Hellín. Cuaresma


Imagino que por las mañanas iría aún algo adormecida porque sólo tengo recuerdos vespertinos. A las tres menos cuarto (habría de pasar mucho tiempo para que fueran las catorce cuarenta y cinco), yo bajaba los escalones encalados de mi peana y me dejaba llevar por la cuesta abajo hacia el colegio distraída en la inercia lacónica de las fachadas cotidianas. Pero, pasado miércoles de ceniza, había en las calles ese bullicio invisible de pueblo resucitado, de casa que abre de par en par puertas y ventanas y sacude las esteras para recibir a sus invitados. Todo en el aire era presagio. Y casi a la altura de la nueva estatua, monumento a los tamborileros, se me ofrecía, como en una postal en technicolor, la impronta del Jardín. Nunca era el cielo tan azul, ni se cimbreaban las palmeras con esa cadencia. Se me metía la belleza en la barriga y llegaba a mi fila con una sonrisa tibia entre los labios. Yo entonces no lo sabía, pero ya era poeta.




viernes, 15 de marzo de 2019

Hellín. Carnaval


No era una mesa en realidad. Mi padre estaba colocando la puerta de la habitación del abuelo sobre la mesa camilla, la abuela acababa de retirar el barreño con la masa tapada que ya llevaba un buen rato al lado del brasero. En esta especie de ritual perfectamente coordinado de tan conocido, mi madre sacaba del altillo de la despensa la sartén grande negra mientras por la radio hablaban de Venecia. Ese, el de Venecia, era el carnaval. En aquel tiempo de chicles a peseta y Ángelus diario, jamás se nos pasó por la cabeza la idea de disfrazarnos. Para nosotras, dóciles corderitas de la muy católica doña Mercedes, esos días eran la víspera de miércoles de Ceniza. Una anhelada víspera de chocolate en las comisuras y fuentes de paparajotas. Con los dedos pringados de azúcar y aceite, y los mofletes colorados, parecíamos bulliciosas abejitas uniformadas riendo alrededor de la mesa. Aunque no era una mesa, en realidad.




lunes, 4 de febrero de 2019

Hellín. Navidad


Quizás diez, once como mucho. Aunque muy alta para mi edad, guardaba celosamente una infancia perezosa y mi padre iba a llevarme a ver la cabalgata. ¿Cómo que este año no iba a haber? No, eso no podía ser. Y bajamos la Cuesta de los Caños, y nos acercamos a la plaza del Caudillo, y no, no parecía que hubiera indicio alguno de desfile. Alguien del ayuntamiento debió compadecerse y abrieron el arca de los trajes reales e improvisaron tres voluntarios. Sin la más mínima solemnidad, Gaspar, Melchor y un Baltasar que parecía conocer muy bien a mi padre (“¡Hombre, Paco!”), se abrieron paso, a pie y sin fanfarrias, entre los minúsculos grupos de adultos indignados que llevaban de la mano a niños boquiabiertos de estupor. Sus majestades rodearon  la plaza y regresaron al ayuntamiento por la pequeña puerta lateral de la biblioteca. Volvimos a casa en silencio o, tal vez, mi padre hablaba sin parar. Yo sabía que, al llegar, sobre la colcha de Heidi de mi cama tendría los regalos de los Reyes Magos y, conforme subía la cuesta, sentía una tristeza profunda. Oscura, como el betún de la cara de Baltasar.


Microrrelato ganador del mes de Enero 2019 del certamen convocado por el Excmo. Ayto. de Hellin

jueves, 20 de septiembre de 2018

Estampa de mujer sentada a contraluz


                                                                 A la memoria de Vicenta Lorca Romero



Se te vuelven a enredar
los visillos en la mirada
mientras oscurece la tarde tu silueta costurera
contra la ventana.

En la quietud de la siesta complutense
se detiene el pespunteo
en el revés de la vainica doble,
y estira el hilo, como del aire,
el telón invisible de la memoria.

A las cinco de la tarde
regresa el sombrero de ala ancha
a la concupiscente sombra del tilo de la puerta de la escuela
a esperarte una respuesta.
Regresa la risa primera del primer hijo
que ya sonara a gorjeo,
algarabía de trinos en la Huerta de San Vicente.

Vacila la mano trémula
sobre el lino blanco de tu regazo
y se extiende hacia la voz
que cruza el portal de baldosas enceradas
(frescor de albahaca y barro).
A las cinco de la tarde
regresa Federico
con el mono azul de titiritero,
entre raudales de ternura desbocada,
a mostrar su caleidoscopio de sueños surrealistas y amores confundidos.
Regresa
a la Tarara, al piano y a la sobrina Isabelita.
_Madre _dice. Pero no lo dice,
No lo dice.


(Finalista en el XI Certamen de Poesía Mujeres Silenciadas "Argentina Rubiera", colectivo Les Filanderes)